Grandes milongueros: Gavito y Castello

Carlos Gavito y Puppy Castello: maestros con prestigio internacional para las nuevas generaciones de bailarines.

Los milongueros enseñan sus secretos
Rescatados por el proyecto Ballet Escuela de Tango Argentino y por un documental, su figura se revaloriza.
Hasta hace poco tiempo, los milongueros estaban destinados a morir en el anonimato del baile. Pero el fenómeno del tango en todo el mundo los transformó en la última década en las figuras buscadas por prestigiosos artistas como Pina Bauch, Carlos Saura, Sally Porter y por bailarines consagrados como Miguel Angel Zotto, que se inspiraron en ese baile de salón con estilo y elegancia para sus espectáculos.
Los milongueros encarnan ese tesoro escondido de la danza tanguera, la representación de un imaginario porteño que pertenece a otro tiempo, la conservación de códigos en extinción, una fuente de sabiduría inagotable y la sutileza de un baile irrepetible. Carlos Gavito y Puppy Castello pertenecen a esa raza de bailarines.
Populares en el ambiente milonguero, Gavito y Castello fueron convocados para volcar sus invalorables enseñanzas en el proyecto Ballet Escuela de Tango Argentino, que intentará enseñar a las nuevas generaciones los secretos y la identidad de ese baile de salón, junto a otros destacados milongueros como el Pibe Avellaneda, el Gitano Domínguez, el Turco José, Gerardo Portalea o el Chino Perico, entre otros.
Son los últimos milongueros. Los que se foguearon en los clubes de Urquiza, Pompeya, Mataderos y Avellaneda; los que saben caminar la pista y conservan el baile al piso, y los que se recibieron en la academia de la calle. Ahora son rescatados del olvido, por el Ballet Escuela y por un documental que está filmando Bebe Kamín.
Gavito es un reconocido milonguero y una especie de filósofo zen del baile, que se pasó más de la mitad de su vida buscando ese momento de iluminación en la danza. El secreto del baile está en ese instante de improvisación que se da entre paso y paso. Es hacer posible lo imposible: bailar el silencio, dice el bailarín que con sus coreografías maravilló a gente de la danza contemporánea como Oscar Araiz.
-¿Qué le interesa transmitir a las nuevas generaciones de bailarines?
-Que no sean calcos de otros. Lo primero que hay que hacer para aprender a bailar es saber escuchar la música. Escuchar Nocturna, de Julián Plaza, es como escuchar la calle Corrientes de noche. Es increíble cómo escuchás los ruidos y los bocinazos. Todo eso tiene que estar cuando bailás.
Gavito creció escuchando las orquestas que llegaban a Sarandí. Eso lo salvó. Podría haber terminado mal, como otros pibes de su barrio, pero se puso a estudiar bandoneón y se convirtió en un apasionado de la música y del baile. Como su danza, sus palabras son otra clase magistral: En la música están todos los pasos que necesitás. El bajo, por ejemplo, te marca la forma de caminar del hombre con todos los problemas que amasijan la existencia de uno. Está el violín, que suena como la mujer. Por eso, cuando uno va bailando y viene una parte muy linda de violín le tiene que decir a la mujer: ´Bailame, bailame´. Después tenés el piano, que es muy sencillo porque es el momento en que los dos van caminando juntos. Entonces hay una comunión de movimientos. Y después, el bandoneón, en el que está el espíritu del tango. Al fueye no se lo sigue; es como una pompa de jabón y yo me meto ahí adentro. La pompa se mueve conmigo adentro, pero yo no me muevo. El que se mueve con la variación de un bandoneón parece un payaso. Hay que estar loco para seguirlo. Esto es lo esencial para aprender a bailar, revela Gavito. El maestro dice que su mayor pecado como bailarín fue alinearse con el tango fantasía. Hago mi mea culpa porque, en un momento, por necesidad también hice eso, pero por suerte me reencontré con el verdadero baile, el del silencio, el de seguir la melodía.

Carlos Gavito recorrió el mundo, dio clases magistrales en casi todos los continentes y realizó hasta videos hogareños con lecciones de tango. Aprendió que para bailar hay que saber escuchar. Sobre esa creencia se basa su danza. Hay bailarines que no saben escuchar. Nunca les dijeron que a la mano izquierda del Gordo Troilo no la podes apurar y si querés hacer un gancho yo te quiero matar, sentencia Carlos Gavito y su palabra parece santa. Lo importante es saber para qué queremos bailar -apunta el milonguero-. Bailamos una soledad que tenemos dentro de nosotros y no la podemos ocupar con nada. Ese vacío al que le ponemos movimiento es el tango.

La elegancia del baile
Puppy es la contracara de Gavito. Su baile y sus comentarios son tan filosos y definitivos como la hoja de una navaja. El milonguero de Boulogne viene de una época en la que se practicaba entre hombres y lo importante era sacar un estilo propio. Ahora los pibes bailan todos iguales. Fijate ése: ¡Pará pibe que no estás corriendo el colectivo!, le dice Puppy Castello a un joven aprendiz que se planta, helado por el comentario del maestro.
Con 68 años, Puppy lleva más de medio siglo en las pistas y su forma de bailar corrió como leyenda por todas las milongas porteñas y hasta europeas. Nunca le gustaron demasiado los escenarios. Pero hace un año actuó en París junto al elenco de milongueros de Danza maligna. El baile siempre me llevó a lugares como Japón, Suiza, Bélgica, Italia... por todo el mundo. Allá estaban acostumbrados a la imagen de «Tango argentino», donde los tipos revoleaban a las minas por todos lados. Pero después conocieron otras cosas. Antes, los gringos venían e iban a Casablanca y a todos esos lugares de fantasía. Ahora quieren ir a los bailes.
-¿Y vienen a buscar a los milongueros como usted?
-Más o menos. Buscan a los milongueros baratos. Yo soy como Grundig, caro pero el mejor.
El bailarín confiesa que muchas cosas de su vida no las puede contar. Trabajé un tiempo en Entel y también hacía otras cosas. Hoy no puedo volver por ninguna provincia. En todas me buscan por algo, dice y dibuja una leve mueca, como si estuviera haciendo una broma. De sobretodo, pucho entre los labios y una mirada certera y socarrona, parece salido de la película Buenos muchachos, de Scorsese. A quién no le gusta la timba... los caballos los conozco todos. Todo enseña, pero si querés que te cuente más invitame un whisky, apura cómplice.
-¿Cómo aprendió a bailar?
-Era otra época. Ponías diez radios y todas tenían tango. Entonces la música se te metía dentro. Además, se practicaba entre hombres. Las madres de las pibas tenían mucho prejuicio y no las dejaban ir todos los días a la milonga. Tenían relaciones sexuales lo mismo, pero no las dejaban ir. Entonces había que bailar entre hombres. Así aprendías. -¿Cómo era el ambiente milonguero de esa época?
-Había de todo, pero no te creas que andaban con el cuchillo en la mano. Te agarrabas a trompadas, más que nada en los concursos. Venía la bronca entre barrios y se armaba. Pero había otro respeto también. Yo estaba con una nami y no te la sacaba nadie a bailar. Ahora estás sentado con tu señora, viene un tipo y le dice: ¿Bailamos?. Me da ganas de darle un cachetazo y matarlo.
-Había otros códigos...
-Antes ibas a una milonga y si no te conocían no salía nadie a bailar. Vos te parabas a mirar la pista y te cansabas de ver uno mejor que otro. Yo pesaba 52 kilos, tenía una pinta bárbara, bailaba mejor que ahora, y nadie salía.
-¿Dónde estaba la crema de los milongueros?
-En todos lados. En el Sin Rumbo, en Chacarita, en Atlanta, viste.
-¿Y de dónde viene su estilo?
-En primer lugar de gente como Gerardo Portalea, que no tiene una gran variación de pasos, pero tiene una cadencia impresionante. Mejor o empeorado, mi estilo viene de esos viejos de Urquiza. Bien paradito, bien armado, llevando el compás. No corriendo, porque ahora te bailan un Pugliese y parecen que te bailan un D´Arienzo. Antes, en los concursos, lo que te miraban era el compás y la elegancia, más que los pasos. Caminar es todo.

Por Gabriel Plaza
De la Redacción de LA NACION LINE Buenos Aires